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¿Cómo se pueden comprar mis libros?

jueves, 3 de junio de 2010

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Veo tu reflejo en mi espejo,
angel blanco de hermosas alas,
te ves tan bello a contra luz,
que eres perfecto aunque nada hagas.

Esa imagen de celestial rasgo,
esos ojos que se miran en el cristal...
admira tu belleza como si fueras mortal,
el reflejo de un alma como no hay otra igual,
envidia de verte me está dando.

Eres la creación perfecta del firmamento,
el ser alado de los cielos,
a quien Dios creo en su inspiración,
a los que nadie tiene ningún miedo.

Por ser lo que eres iluminas con tu aura,
paz y amor traes a esta tierra,
que agoniza por el mal de un mundo,
al que no le queda quien lo cuide y quiera.

Si eres tu el enviado através de mi espejo,
dime cual es el mensaje que portas,
comienza por salvar mi pobre alma,
que perdío en el camino el reflejo,
ayudame si no te importa,
soy herrante de la oscuridad de este desierto,
donde las almas vagan perdidas,
donde olvidan los recuerdos,
donde el sentir se pierde con el tiempo.

Angel de hermosa estampa,
devuelve mi imagen al espejo,
que perdone tu dios mi pecado,
porque me arrepiento de lo que he hecho.
Porque de no ser aceptada,
estoy condenada a una eternidad,
donde la soledad y las sombras me ahogan,
de donde no volveré jamás.





lunes, 31 de mayo de 2010

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Pasa conmigo al otro lado donde el calor no te hace padecer,
camina conmigo tomando mi mano sin miedo a perecer,
yo soy la muerte que camina por las tinieblas de tu amanecer,
soy compañera fiel si lo deseas, soy lo que tu quieras ver...
No rechaces la eternidad que te ofrezco,
más otra oportunidad de vida eterna no vas a tener,
te puedo dar todo lo que quieras pues lo tengo,
traspasa la puerta hasta tu renacer.
No temas mi aspecto pálido, soy buena amiga,
no tengas miedo de lo que vas a conocer,
vampiros, lobos, arpías y gárgolas...
solo son seres de este mundo que nadie logra entender.
Pasa... cruza el umbral...
hermosa vampiresa de ojos claros... tu eres el ángel que quiso caer.



sábado, 29 de mayo de 2010

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http://www.lulu.com/product/tapa-blanda/amelie-la-elegida-de-astart/11066551

Introducción.



Todo tiene un principio y un final. Aunque a veces, ese final es tan solo una continuación, un nuevo comienzo… en mi caso, el renacer.

Es curioso como los recuerdos se nublan en la mente, se pierden en un instante. El mismo instante en el que tu corazón está a punto de pararse, en el que exhalas el último aliento y tus pupilas se quedan petrificadas mirando al fondo del abismo al que caes. Toda tu vida pasada empieza a emborronarse y tan solo quedan las últimas imágenes que la retina captó antes de morir.

En mi mente, solo quedan las sensaciones. Una caída al vacío desde una altura considerable. Recuerdo que se trataba de los pisos superiores del Empire State. Parecía mi cuerpo una piedra pesada que caía desde lo más alto a toda velocidad y conforme iba cayendo, la velocidad era mayor. Solo sé que quería acabar con mi vida. Una vida vacía, en la que solo la soledad y el dolor habitaban. Y a mitad del recorrido, me di cuenta de mi error. Puede que fuera una vida vacía, pero una vida al fin y al cabo. Una vida que no tenía derecho a quitar, puesto que yo no era Dios. Por eso, al ver que ya no tenía solución me resigné y esperé que todo terminase, que ese final del comienzo llegase.

Ese final llegó, pero no como creía. Algo en ese camino de caída golpeó contra mí, cegándome la visión que tenía de las luces de la ciudad que crecían a medida que me acercaba al suelo. Me elevó en una cortina oscura. No existía ni cielo ni tierra, solo aire. Algo me mantenía inmóvil. Recuerdo la sensación de una ardiente presión perforando mi cuello, el frío que se iba apoderando de mi cuerpo desde la punta de los dedos como si me congelara poco a poco y no me permitiera respirar. El corazón acelerado, cada vez palpitaba más despacio y el calor me abandonaba. Cuando exhalé la última bocanada de aire el latido final resonó por todo mi ser, llegando a mi mente como el eco de una campanada y supe que había muerto. Esperé ver una luz al final de un túnel, abrir los ojos y encontrarme con nubes blancas, luz, paz… pero nada de eso ocurrió. Mi cuerpo estaba vacío, tan vacío como lo había sido mi vida. Petrificado, inmóvil y tirado en el frio suelo. No era dueña de él, no podía moverlo, no respondía. Pero yo era consciente en mi inconsciencia de que seguía ahí, de que lo que estaba muerto era mi cuerpo, no yo. Pocos minutos después, cuando me estaba volviendo loca por aquella situación que no era capaz de controlar, una quemazón que me producía un dolor inmenso se extendía por mis entrañas. La señal más clara de que seguía viva. Tardó varias horas, varias incesantes horas en desaparecer y devolverme la capacidad de controlarme. Ese ardor infernal había cesado.

Abrí los ojos y todo estaba borroso. Todavía no conseguía mover ni brazos ni piernas cuando una voz me dijo “Bienvenida, Amelie”. Acariciaba mis sentidos como si le conociera de toda la vida. Una voz que me transmitía seguridad y me tranquilizaba, pero que no lograba ver a quién pertenecía. Nunca logré ver a mi creador, no durante los primeros años de mi nueva existencia. Estoy segura, de que a lo largo de la eternidad que tengo ante mí, algún camino llevará a cruzarme de nuevo con él. Su nombre, Astart.

Sólo llevo diez años viviendo en las sombras. Una forma de vida que ha evolucionado tras siglos y siglos de la existencia de mi nueva especie. Ahora, no solo nos movemos en la noche. Somos capaces de vivir incluso durante el día, siempre que el sol no se deje ver y permanezca tras nubes grises. Por eso procuramos establecernos en lugares cuyo clima sea húmedo y frío. Eso nos permite vivir entre los humanos pasando desapercibidos e incluso aparentando su modo de vida.

Todavía soy una recién nacida y mi maestro no está conmigo para enseñarme los secretos de esta vida que apenas conozco. Debo aprender por mi cuenta y no es fácil. Hay muchos otros como yo ahí fuera. Muchos con cientos de años y alguno que otro milenario, maestros en el arte de la persuasión y el engaño, cualidad principal para sobrevivir en nuestro mundo.



Pasado y presente.



Solo tenía 20 años cuando dejé de ser mortal. Vivía en Sammamish, un barrio a las afueras del este de Seattle (Washington) con Eleonor y David, mis padres y mi hermano pequeño, Billy. Mi vida era de lo más simple y poco atractiva. Había sido una buena estudiante hasta que terminé el instituto, pero la universidad no me fue nada bien y opté por dejarlo en cuanto terminaran las clases del año que ya cursaba. Encontré un trabajo de dependienta en una frutería por las tardes, esperando mi oportunidad para hacer algo mejor que colocar fruta en el escaparate o apilar cajas en el almacén.

No tenía muchos amigos, ya que, no era de las elegidas para formar parte de ningún grupo destacado del resto de la gente. Mi belleza era la de cualquier florecilla silvestre que nadie cuida, insignificante y simple, tal como era yo. Debido a mi cabello rojizo, a mis ojos oscuros y tristones, las pecas que salpicaban mis mejillas y nariz, el silencio de mis labios y mi particular manera de estar siempre fuera de sitio, si no pasaba desapercibida, era objeto de mofas y bromas pesadas. Desde niña fue así. Yo era la niña de “pelo zanahoria” desde el parvulario.

Mi madre nunca me enseñó a realzar los pocos encantos que pudiera tener. Nunca me enseñó a utilizar cosméticos, a lucir peinados… Toda mi ropa era sobria y ninguna prenda marcaba mi figura. La mayor parte del tiempo vestía vaqueros y camisetas o jerséis anchos. Nada que ver con la moda que gastaban el resto de chicas de mi edad. Yo no sabía lo que era lucir una falda corta, ni un vestido moderno, nunca me puse unas medias, ni unos zapatos de tacón. Mis manos no se adornaban con anillos o pulseras, no tenía nada de todo eso.

¿Cómo se iba a fijar nadie en mí? No tenía derecho ni a soñar con enamorarme algún día. La recta educación que me daban me mantenía lejos de cualquier ilusión, porque nada en mi vida se haría realidad.
Siempre me pregunté por qué mis padres eran tan exigentes, por qué no se me concedía ni el derecho a opinar o tomar decisiones que ellos no aceptaran como convenientes… Y con el paso de los años me di cuenta. Mi madre había tenido una vida dura y mi padre también. Pensaban que si nos educaban a mi hermano y a mí de la misma manera, llegaríamos a ser tan responsables y realistas como ellos. Pero ¿qué hay de la diversión, de la edad de disfrutar, de soñar, de ser felices? Era algo intangible para ellos, puesto que ninguno de los dos disfrutó de esas cosas. Así que, dieron por hecho, que a nosotros tampoco nos haría falta. Empezando por mí, que además siendo una chica y según su criterio, tenía menos derecho todavía a creer que podía soñar o ilusionarme. No tendría pasado y tampoco tenía presente.

Falté a todos los bailes y fiestas que se celebraron en mi época de estudiante, incluso al baile final de graduación. Esto me enfadó muchísimo porque ya era mayor de edad y tenía derecho a ir, tenía derecho a divertirme por una vez en la vida. Pero como siempre, me impidieron salir de casa con la norma no escrita de “mientras vivas bajo mi techo, harás lo que yo te diga”. Así que, mi ingreso en el mundo de los adultos no empezó con buen pie.

Después del baile, las semanas siguientes fueron bochornosas. Si ya se reían de mí, por ser un patito feo, por vestir ropas fuera de la moda, por ser introvertida y vergonzosa y por mil razones más, ahora se cebarían conmigo durante el tiempo que les siguiera haciendo gracia el hecho de mi falta de asistencia al evento más importante hasta ese momento. Y no les faltaba razón, porque ese era uno de los rituales humanos que recordaría el resto de mi vida y yo me lo había perdido. Lo cierto era, que me había perdido toda una vida, toda la niñez, la adolescencia… mi juventud pasaría ante mis narices sin poder apreciarla en su plenitud.

Las clases en la universidad empezaron pasado el verano. Yo no me sentía a gusto, estaba fuera de lugar. Aguanté el primer curso y parte del segundo. En esos dos años conocí gente nueva que me ayudó a encajar algo más. La universidad de Washington estaba bien para casi todo el mundo, pero era totalmente distinto a lo que yo había conocido hasta ahora. Demasiadas personas transitando los pasillos al mismo tiempo, demasiada testosterona flotando en el ambiente deportivo universitario, competencia incluso entre animadoras… todo giraba alrededor de las hermandades, de los partidos de futbol, de las fiestas, el alcohol, las drogas, las chicas, los ligues… ese rollo no era el mío. No era capaz de encajar ni en el grupo de cerebritos o frikis. Llegué a pensar en que era un bicho raro y que no pintaba nada allí. Me conformaba con aprobar los exámenes, no fallar en ninguna materia y volver a casa para encerrarme en mi habitación.

Mientras todos hablaban de su futuro, de cómo querrían que fuera, yo simplemente quería escapar. La mayoría quería una vida perfecta y ambiciosa. Los chicos que estaban en el equipo de futbol o en el de baloncesto, se partían el pecho por ser elegidos y dotados con apetitosas becas que les permitieran ser estrellas, ganar dinero y que sus nombres figuraran en el libro de los grandes deportistas. Las chicas más conocidas por acompañarlos o ser animadoras, querían ser la mujer elegida por cada uno de ellos para lucir ese estatus y ese prestigio. Ser “la señora de” alguien conocido e importante, adinerado y guapo, era lo más de lo más para ellas.

Pocos eran los que se volcaban de lleno en sacar sus respectivas carreras y asegurarse un futuro de verdad. Y tampoco yo pertenecía a este grupo. No sabía quién era, ni a qué dedicarme… Sólo sabía que quería tomar las riendas de mi vida, para bien o para mal. Que nadie eligiera por mí, que nadie viviera por mí. Y ese derecho lo tenía vetado mientras viviera bajo el techo de mis padres.

Lo poco que me hacía sonreír, eran los escasos momentos con mis dos amigos, Lorna y Mike. Dos hermanos mellizos a los que llamaban raritos por su afición a los comics y a los juegos de roll. Era con los únicos que me entendía de verdad y con quienes compartía alguna que otra risa. Pero tampoco ellos llenaban mi vacío interior.

Cumplía los veinte el mismo fin de semana en el que se había planeado un viaje y una fiesta a todo tren. Mi clase había decidido hacer una escapada de cuatro días a Nueva York. Saldríamos de Seattle el viernes a la mañana, nos alojaríamos en Hotel Ref Roof inn Manhatan, muy cerca del Empire State Buildin donde Marck Brince, hijo de un rico magnate financiero, había preparado una mega fiesta para celebrar su cumpleaños, que justo, coincidía con el mío, el 9 de mayo.

Marck siempre fue de las pocas personas que me saludaban en los pasillos. Nunca cruzamos dos palabras seguidas, pero su cortesía me regalaba un saludo de vez en cuando a pesar de las críticas de sus amigas. Yo nunca pretendería ni tan siquiera aspirar a nada con él. Ya me había acostumbrado a que soñar no estaba hecho para mí. Me limitaba a devolverle el saludo con la misma sonrisa que él acompañaba su “buenos días”. Pero claro está, que era uno de los chicos más atractivos de todo el campus y posiblemente, el más codiciado por todas. Ni por asomo se fijaría nunca en mí y si alguna vez posaba los ojos en mi persona, estaba claro que sería por algún asunto referido con los estudios.

Esta vez, por consejo de mis dos amigos, no dije nada en casa del viaje ni de la fiesta. Estaba cansada de recibir siempre el mismo atronador “no” como respuesta. Así que, decidí que era hora de saltar la verja electrificada que apartaba mi vida de todo y escaparme. Tenía que saber lo que era la diversión y no tendría ninguna otra oportunidad.

Había ahorrado dinero suficiente para pagar el viaje, para comprarme un vestido y unos zapatos elegantes para esa fiesta e incluso para algún capricho que otro. Podría arreglar mi pelo en una de esas peluquerías estilosas de Nueva York, recibir un buen tratamiento en un salón de belleza, donde me dejasen como nueva y dejar por una noche de ser el patito feo del cuento. Lorna me acompañaría y su hermano Mike me daría el visto bueno. Todo estaba listo y planeado.

No avisé a mi jefe de que faltaría un par de días al trabajo. De haberlo hecho, seguramente que se lo habría comentado a mi madre cuando se acercara a la tienda a comprar. Tenía que tener mucho cuidado. Cualquier descuido daría al traste con lo que había planeado con tanto esfuerzo.

Aquella mañana me levanté muy temprano. Me duché, me vestí y recuerdo que no desayuné. Estaba nerviosa y ansiosa. Cogí el equipaje que había preparado para esos cuatro días y toda la ilusión que había puesto en ello. Una sensación que no había conocido hasta entonces y que me hacía flotar en el aire. Llegué al punto de encuentro de todos mis compañeros y nos dirigimos en autobús hasta el aeropuerto donde tomamos el vuelo contratado a Nueva York.
Mike iba bromeando con su hermana en pleno vuelo, Lorna escuchaba música en su ipod intentando ignorar a Mike y yo dormí durante todo el viaje, soñando con la fiesta. No recuerdo cuando ni cómo llegamos al hotel. Son detalles que han desaparecido de mi memoria, como quien borra datos en algún fichero informático. Sólo recuerdo cortos momentos como cuando Lorna y yo entramos en el salón de belleza y nos embadurnaron de cremas, o cuando tras una larga sesión de peluquería nos miramos al espejo y nos vimos despampanantes. Solo faltaban nuestros vestidos y el perfume para rematarlo.

Otra laguna en la memoria y vuelve a mi mente la imagen de la fiesta. Destellantes colores, brillos móviles en el techo y las paredes debido al reflejo de las luces en las esferas colgantes; música, gente bailando o tomando una copa en cualquiera de las barras de bar de la planta; parejas disfrutando de las vistas de la ciudad en rincones algo más apartados del salón principal… Y ya estábamos en el recibidor, cruzando el pasillo que llevaba al gran salón.

Lorna bajaba los cuatro escalones luciendo su discreto vestido negro de fino corte que dejaba ver su espalda al aire y sus hombros. Su pelo ondulado y negro, semirecogido en un moño adornado con ganchos en forma de mariposa plateada cubierta de brillantes cristales, le daba el toque perfecto.

Tras ella, mis pasos la seguían lentamente, mirando a mí alrededor. En cuanto terminó de bajar el último escalón me dejó al descubierto totalmente y los allí presentes empezaron a girarse para mirarme. Sentí que las miradas se me clavaban y estaba incómoda otra vez, como tantas otras ocasiones. Pero esta vez, me di cuenta que sus rostros no reflejaban la burla, sino la curiosidad. Se preguntaban quién era yo y me sentí a salvo hasta que Becky Mae abrió su bocaza.

- ¡Vaya, vaya! ¡Pero si es Amelie! ¡Chicos, chicos… es Amelie! ¡Esta tonta se ha pensado que podría ser Cenicienta…! Jajajá. ¿Crees que un vestidito y unos zapatitos van a cambiarte? ¡Estás loca si crees que aquí vas a pintar algo esta noche!- dijo mofándose como de costumbre.

- Tienes razón Becky… por mucho que la mona se vista de seda… jajajá.- añadió Stefani para completar la gracia de su amiga.

Terminé de bajar las escaleras para intentar incorporarme al resto del grupo de gente que quería pasarlo bien. Las ignoré sabiendo que no se darían por vencidas. Por primera vez era feliz y me veía diferente con mi vestido verde esmerada de seda. Mi piel blanca se veía bonita con los adornos de los finos tirantes del vestido y mi pelo rojizo. Llevaba una pequeña diadema de piedrecitas verdes que sujetaba parte de mi pelo recogido a juego con los pendientes. El vestido se ceñía a mi cuerpo como una segunda piel hasta los muslos y luego se ampliaba hacia atrás hasta tocar el suelo. Los rizos colgaban por mi espalda y caían sobre los hombros, pero mi rostro estaba descubierto salvo por dos mechones. Me habían maquillado con tonos suaves resaltando mis pómulos y mis labios. Según Mike, no era la tela ni la pintura los que habían logrado aquella transformación, sino la alegría que emanaba de mí.

La noche continuó con tranquilidad y tuve la ocasión de bailar, de reír, de divertirme e incluso probar el alcohol. Y cuando creí que no se podía soñar más, ocurrió. Una mano se posó sobre mi hombro derecho haciendo que me diera media vuelta.

- ¡Hola, Amelie! ¡Me han dicho que hoy también es tu cumpleaños… así que… felicidades!- dijo una voz que casi no reconocí, porque nunca la escuché pronunciar tantas palabras de seguido.
- ¡Marck! ¡Oh, disculpa! ¡Qué desconsiderada soy! ¡Todos se han acercado a felicitarte y yo…! No sabía si querrías que yo lo hiciera… ya sabes… no caigo bien a nadie… pero ¡Felicidades! ¡Felicidades por tu cumpleaños!
- Gracias… y… a mi si me caes bien.
- ¡Oh, no, no! ¡Gracias a ti por felicitarme! ¡Nadie lo sabía…! ¿Cómo te has enterado tú?
- Les oí a los mellizos comentar que era tu cumpleaños y que estabas entusiasmada con venir a esta fiesta… y pensé… ¡qué bueno cumplir años al mismo tiempo!
- ¡Oh! ¡Pues muchas gracias!
- Por cierto… Me encantaría bailar con la persona que comparte el mismo día que yo para soplar las velas… ¿me harías ese honor?
- ¿Honor? ¿Bailar? ¿Conmigo?... ¡Pero… a lo mejor no es buena idea! Todas las chicas de esta sala esperan que bailes con ellas…
- Lo sé… pero ninguna cumple años el mismo día…
- Bueno… pero solo un poquito… bailaré contigo pero dos o tres pasos nada más. Ya he tenido bastante con lo de “cenicienta” para que sigan con las risitas…
- Nadie se va a reír… ¡Mírate! ¡Estás muy guapa! Y además, estás conmigo. No dejaré que nadie te diga nada…
- Vale… dos o tres pasos…
- Esta bien… dos o tres pasos…

Extendió su mano hacia a mí y la música empezó a sonar lentamente. Un hueco en medio de la pista se hizo y cuando me quise dar cuenta, nos movíamos en círculos sincronizando perfectamente cada paso. Marck sonreía y sonreía por mí, por regalarme unos minutos que recordaría siempre. Era la primera persona a parte de Lorna y Mike que me trataba como un ser humano con sentimientos.

De repente salí despedida de un tirón. Como si me arrancasen de golpe despegándome de una tela de velcro. Aterricé después de tropezarme con los tacones en el suelo de costado. Cuando todo en mi cabeza dejó de dar vueltas y pude levantar la vista, la vi. Becky. Allí estaba, entre Marck y yo.

- ¿Quién te has creído que eres? ¿De verdad te has propuesto ser la Cenicienta? ¡Pues Cenicienta termina volviendo a casa con sus harapientos trapos… no lo olvides!

Yo que ya me había puesto en pie y que me había acercado para preguntar por qué… no tuve tiempo de pronunciar palabra alguna… De un tirón Becky rasgó uno de los tirantes de mi vestido, rompió la tela a la altura de mi rodilla y me quitó la diadema del pelo de un tortazo…
- ¡Ves! ¡Ahora vete a la cocina, que ese es tu sitio! ¡A ver si aprendes! ¿Quién te dijo que Marck está a tu alcance?
- ¡Becky, vamos! Solo la he sacado a bailar. Hoy es su cumpleaños… ¿qué menos que ofrecerla un baile?
- ¡Tu eres idiota! ¡No ves el ridículo que haces bailando con ella!
- ¡Pero es su cumpleaños!
- ¡A mí qué me importa su cumpleaños! A nadie en esta fiesta le importa su cumpleaños… ¿no lo ves? Nadie lo sabía…
- Yo sí… y te has pasado, Becky… me avergüenzo de conocerte…
- No importa, Marck…- dije con los ojos clavados en el suelo, recogiendo mi diadema hecha pedazos…- Tiene razón… a nadie aquí le importo… y no sé por qué se me ha ocurrido venir. Tenía que haberme dado cuenta de que no importa donde esté, porque no encajo en ningún sitio…- y eché a correr hacía el pasillo para salir por la puerta y coger el ascensor.
- ¡Amelie! ¡Amelie!

Esas son las últimas palabras que recuerdo como mortal. Ya no he vuelto a escuchar ninguna voz de la misma manera. Es a Marck, su voz, la que retengo en mi memoria entre los escasos momentos que se van emborronando conforme pasan los años y yo voy olvidándome de todo, hasta de lo que sentía siendo humana.


viernes, 28 de mayo de 2010

Con el corazón en la mano

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Así comienza este libro de poemas.


Tu recuerdo.



Amaneceres sombríos tras lunas rotas,
noches rasgadas por la ausencia de tu calor,
mi corazón triste llora perladas gotas,
lágrimas secas que dejan el vacío en su interior.

Te añora en los rincones de las salas impregnadas,
te añora en los jardines de frondosa y olvidada pasión,
te añora en cada esquina que hiciste presencia,
te añora con delirio y sin solución.

Y como ave viajera que migra en las estaciones,
te espera presa de tu incierto regreso,
te espera como espera la calma a que muera el sol,
cada tarde dejando morir en el mar su luz y color,
igual que muere un corazón herido de amor,
en el que tu nombre quedo a fuego impreso.

Muere sin morir en solitaria desdicha,
vive sin vivir una vida vacía de sentimiento,
igual que pasa el viento y roba el pensamiento,
de recuerdos pasados y días de feliz dicha.

Ese recuerdo que queda pausado en tu aroma,
el mismo que recuerda el timbre de tu voz,
el pulso de tu alma latiendo acompasado,
los besos robados que tu boca esculpió.

Y como mañana que da paso a la cálida tarde,
que agoniza casi al final deseando morir,
descanso eterno del que resurge un nuevo día,
lo mismo que con él se lleva largas horas de mi vida,
que agoto recordando tu alma junto a la mía,
dibujando los borrosos momentos que vuelven a mí.

Sólo son amaneceres sombríos tras lunas rotas,
noches rasgadas por la ausencia de tu calor,
mi corazón triste llora perladas gotas,
lágrimas secas que dejan el vacío en su interior.



Mi mar.




Despertar... sonidos del mar que me traen el murmullo de las olas,
impregnando con su aroma salado toda piel,
estando a tu lado arropada en suave espuma, mi amante fiel,
eres el gran barco que me lleva a puerto,
pisando tierra firme, arena bajo mis pies,
roca moldeada por mil olas con el paso del tiempo,
viento norte, espuma marina,
eres agua fresca, eres brisa, eres sol y vela,
mar en calma en mis mareas,
tormenta en mis pesadillas, faro cuando estoy perdida,
eres ciclón que me arrastra y me lleva.

Y por mucho que digan que el mar es mujer,
por mil piratas sepultados que se llevara consigo,
por todos los cañones y velas rotas, mástiles partidos...
algo de hombre ha de tener.

El corazón que muchos ahogaron,
el alma de marinero que vaga por el,
sangre que convirtiese en agua salada,
que mareas moldeasen su curtida piel.

Porque cada gota que el mar guarda,
son tan sólo lágrimas de marineros que entristecieron,
ahogaron sus penas en ron y amargura,
de aquellos que le amaron y en él murieron.

El mismo mar que en los amaneceres brilla al sol,
que baila viéndolo en lo alto y lo cautiva,
consiguiendo que antes de que termine el día,
se entregue a su pasión y púrpura regalé su vida.

Premio de brillantes luces en el firmamento,
creando la belleza más perfecta,
que solo en un océano la mano de un dios crea,
como regalo a su amada una vez consumado el momento.




El dolor del mundo.




Sufre mi alma y mi corazón impotente llora,
viendo que el mundo es como un jardín que se va marchitando,
en el que no hay jardinero que lo riegue y lo abone,
en el que las rosas se secan y mueren,
como muere la esperanza de aquellos que por ella están luchando.

Sufre mi alma y mi corazón impotente llora,
ante tanto dolor y sangre derramada,
manchando la tierra de aquellos que en ella habitaron,
rompiendo la regla de respetar al ser humano,
el poder, la ambición y el dinero todo se lo arrebataron.

Sufre mi alma y mi corazón impotente llora,
porque no encuentro nada en nuestros días que merezca ser recordado,
porque la inocencia de un niño se convirtió en ira y desprecio,
porque todo se quedó en un mero sueño,
convirtiéndose en una pesadilla sacada del infierno.

Sufre mi alma y mi corazón impotente llora,
cuando pienso que llegará el día en el que no salga el sol,
ese en el que la oscuridad consiga absorbernos por completo,
cuando no queden ya almas puras, amor o sentimiento,
y morir se convierta en un descanso y no en un lamento.

Porque estoy cansada de intentar luchar y hacer lo posible por mejorarlo,
aunque solo sea con mi pequeño grano de arena,
cada día es un agujero que va creciendo y por el que me siento más pequeña,
y es que en el mundo, igual que en mi jardín,
las rosas no crecen ya solas, porque no las dejan vivir.

Y si... mi alma sufre y mi corazón llora,
porque soy frágil como los pétalos de una flor,
porque siento y siento el dolor de los demás en mi interior,
muriendo un poco cada día, como muere la fe, la esperanza y el अमोर.


OJOS DE ESMERALDA

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Mina solo tenía dieciocho años cuando se quedó embarazada de su hija. Fruto de un amor pasajero en el que ella había puesto todo su corazón y su dedicación, que desapareció como una estrella fugaz en el cielo, cuando George le comunicó que tenía que marcharse a una universidad fuera del estado. Ella le imploró que se quedara y que estudiara en alguna facultad cercana, pero los padres de George tomaban las decisiones por él y el muchacho no tuvo otra opción que obedecer.


La joven a su corta edad, huérfana de padres y viviendo con unos tíos que la cargaban con todas las tareas del hogar y el cuidado de sus primos, que aún eran prácticamente unos bebés, tenía por delante un futuro ya no incierto, sino negro como el mismo carbón que su tío quemaba en las barbacoas que tanto le gustaba preparar para amigos y vecinos.

Le comunicó la noticia a George que no tardó en comportarse como un canalla al dudar de que la criatura fuera suya. Como si la pobre Mina hubiera mantenido relaciones por ahí con más chicos que con él. Se dio cuenta entonces, de que él no la quería a penas al dudar y que solamente había sido una estación de paso. Y sumida en su profundo llanto, agachó la cabeza y no volvió a mirarle a la cara. Sola y asustada, sin poder contar nada en su casa por miedo a una buena reprimenda, a castigos y quizás algún maltrato físico, calló mientras su vientre no dejaba notar su estado. Tomo entonces la decisión de marcharse sin decir nada, desaparecer y viajar lejos, donde tuviera la oportunidad de empezar de nuevo y poder tener a su bebé. Pero, ¿dónde iba a ir ella? ¿Y cómo saldría adelante sola? Si tenía a su bebé, no podría ir a trabajar para alimentarlo y tener un sitio donde vivir. Y no había nadie que le pudiera ayudar y a quien confiarle el secreto.

De todas formas, armándose de un valor que desconocía, tomó sus pocas pertenencias en una maleta vieja y gastada. Salió de madrugada con apenas unos dólares que había conseguido ahorrar y sin rumbo. Se vio sentada en una estación esperando un tren para cualquier lugar y sin más, entre el barullo de los viajeros que vienen y van, desapareció para no volver. Quería imaginar que su viaje, su futuro, tendrían un montón de cosas buenas y un porvenir en el que nada le faltaría. Nada más lejos de la realidad. La vida la trataría más duro que nunca, más de lo que hasta ese momento había llegado a conocer.

Llegó a Seattle una tarde de abril lluviosa. Plantó sus pies en tierra al bajar de aquel tren y desde ese instante, su vida se empezó a torcer.

Le robaron el bolso antes de poder llegar a salir de la enorme estación, la dejaron sin un solo centavo para poder llevarse un pedazo de pan a la boca. En comisaría no la hicieron gran caso y le comentaron que si aparecía su bolso, la cartera o cualquier efecto personal se lo harían saber. Tuvo que pasar la noche a la intemperie y se vio obligada a mendigar para poder comer. Intentó durante los días siguientes encontrar cualquier trabajo, pero no hubo suerte. Se refugiaba por las noches en los albergues y durante el día pedía por las calles. Su suerte cambió cuando una señora a la puerta de una iglesia la vio en su estado y sintiendo pena, la llevó a su casa para que comiera y se aseara. Luego, la recomendó a unos conocidos para trabajar en una pequeña tienda de comestibles y las cosas mejoraron un poco.

Vivió con aquella mujer hasta unos meses después de tener a su preciosa niña. Después, los hijos de la señora empezaron a pelearse por la casa y el resto de la herencia, quedando Mina de nuevo en la calle y desamparada. Intentó llevar su vida lo mejor posible, pero su trabajo no daba lo suficiente para mantenerlas a las dos y pagar un alquiler. Aguantó todo lo que pudo, incluso se quitaba el pan para que a su hija no le faltara, pero las fuerzas le flaqueaban y no podía más. Acudió a instituciones de ayuda para madres solteras y las listas eran tan largas que nunca encontraba una puerta que no se la cerrara de golpe. Desesperada, con su niña en los brazos, cansada de luchar y de clamar ayuda al cielo, una tarde se encontró en un banco de una iglesia, extenuada y casi desmayada. Al recobrar un poco el sentido, sin darse cuenta, dejó a su hija en el banco en el que estaba sentada y se levantó caminando como un moribundo hacia la salida.

Se marchó. Se fue llorando impotente por no conseguir darle a su hija lo que necesitaba, por no poder tener la vida que le habría gustado llevar con su pequeña. Pasó horas andando sonámbula por las calles y cuando se dio cuenta de lo que había hecho, volvió para recuperar a su niña y ya no estaba.

El dolor se apoderó de todo su cuerpo, de todo su ser. Deseó morir por haber hecho aquella atrocidad y nunca se perdonaría haber dejado a su hija.

Encontraron a Mina tres semanas más tarde entre unos contenedores de basura, tirada en el suelo, violada y despojada de sus ropas. La habían golpeado hasta después de su último aliento y sin ningún remordimiento.

Ahora su pequeña estaba sola en el mismo mundo cruel que ella había dejado.


ESTE ES UN FRAGMENTO DEL LIBRO Ojos de esmeralda de la autora Marina Narciso Gonzalez.







martes, 17 de noviembre de 2009

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WITHIN TEMPTATION An Acoustic Night At The Theatre

Por si alguien quiere descargarlo. Descarga directa desde Rapidshare:

http://rapidshare.com/files/297293781/WT_ACST.txt

El corazon del vampiro. Amor eterno

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Este es mi primer libro.

Es corto, pero tiene una segunda parte que está en proceso. Me gustaría que lo fueran leyendo y me dejaran sus opiniones. Me animaría saber que le gusta a la gente, aunque solo sea un poquito.

Os dejo los primeros capitulos para que lo podais ir viendo.




Para mi corazón basta tu pecho, para tu libertad bastan mis alas.
Desde mi boca llegará hasta el cielo, lo que estaba dormido sobre tu alma.

Es en ti la ilusión de cada día. Llegas como el rocío a las corolas.
Socavas el horizonte con tu ausencia, eternamente en fuga como la ola.

He dicho que cantabas en el viento, como los pinos y como los mástiles.
Como ellos eres alta y taciturna, y entristeces de pronto, como un viaje.

Acogedora como un viejo camino, te pueblan ecos y voces nostálgicas,
Yo desperté y a veces emigran y huyen pájaros que dormían en tu alma.


Veinte poemas de amor y una canción desesperada
Pablo Neruda




EL CORAZON DEL VAMPIRO


Se han escrito miles de historias de vampiros; muchas sangrientas, otras históricas, algunas románticas… ¿Pero qué hay acerca de sus corazones? ¿Aún siendo fríos sienten?



Capitulo 1: Presentación.


Me llamo Shannya y tengo veinticuatro años. Vivo en un pequeño pueblo llamado Budd Lakek en el condado de Morris (New Jersey).En las afueras, cerca del lago que lleva el mismo nombre. En una casita de dos plantas, con jardín y rodeada de naturaleza. Sola, pero acompañada de alguien especial… Y esta es su historia o nuestra historia…

Siempre fui distinta al resto de las chicas desde muy pequeña. No me han gustado las mismas cosas que al resto de mis amigas y me entendía mejor con los chicos que con ellas. Recuerdo que desde niña, por mucho que tomara el sol, nunca conseguía ponerme tan morena como las demás. Mi piel siempre se ha visto muy clara aunque sin llegar a ser blanca como la leche. Mi pelo negro, liso y largo, cada vez que me lo cortaba no tardaba en crecer y mi madre me lo recogía para que no me molestara tanto. Y hoy en día, sigo teniéndolo igual, sedoso y suave, largo y algo ondulado en las puntas.

Mis padres siempre discutían mucho, casi siempre me echaban la culpa de ello y eso que tengo otros dos hermanos que para nada son unos santos, más bien todo lo contrario. Pero yo era totalmente diferente a ellos, ambos rubios con ojos verdes y una piel que con dos rayos de sol ya tomaba color. Era contradictorio mirarles a ellos y a mí para compararnos intentando encontrar similitudes. Mis ojos azulados y mi boca decían que no teníamos nada que ver. Y así era… Solo compartíamos lazos sanguíneos maternos y mi padre siempre se quejaba de eso.

Mi madre era una mujer muy guapa, con los ojos color miel y el pelo rubio, dorado por el sol. Era y es una mujer sufrida, compasiva, cariñosa y muy sencilla. Sus manos estaban trabajadas, pero mantenían la belleza y la suavidad que tuvieron en su juventud. Le gustaba cuidar de su jardín y de la pequeña huerta en la parte trasera de la casa. Siempre se ha dedicado a cuidar su hogar, sus hijos y a su esposo. Todo el mundo ha sabido que es una mujer justa y que ha luchado mucho a pesar de las habladurías de la gente. Y es que en todas partes hay gente cruel que se alegra de las desgracias ajenas.
Mi padre… es un hombre distante, rencoroso la mayor parte de las veces, exigente, poco reflexivo, aunque muy trabajador. Se dedicó a la tala de madera hasta su prejubilación y durante los últimos años, tuvo problemas con el alcohol. Ese era el principal motivo de las discusiones en casa. Pero mi padre prefería encontrar otro culpable a todo problema sin importar cual fuera. Tenía una extraña obsesión conmigo, me culpaba de muchas cosas que nada tenían que ver con mi persona. Incluso si ocurría algo cuando yo no estaba en casa, tenía que aguantarme y pagar las consecuencias, que generalmente eran castigos injustificados y solo rara vez me levantaba la mano, aunque ganas le quedaban de hacerlo cuando bebía y se volvía insoportable.

Una noche de tormenta, escuché discutir más fuerte que nunca a mis padres y no lo soporté más. Como otras tantas veces, mi nombre salía a relucir en las brocas que se escuchaban desde la cocina. Tomé cuatro cosas que me parecían importantes y salí por la puerta como si se escapara el diablo. Mi madre gritaba mi nombre tras de mí, pero ya era tarde… no quise escucharla y a mi padre le dio exactamente igual que hubiera decidido largarme, para el era un alivio y para mí, la solución a las broncas que soportaba mi madre.

Terminé en la estación de autobuses de Greyhound, en Greenville (California del Norte), donde hasta ese momento vivía con mi familia, dirigiéndome a Dios sabe qué lugar. Viajé no sé cuantas horas sin percatarme del tiempo. Sólo pensaba en alejarme de aquel infierno y olvidarme de todo. Pero mi madre no salía de mi mente, la iba a extrañar mucho. Tenía que hacerlo, quizás de esa manera, mi madre tendría que soportar menos gritos y desprecios por parte de mi padre, porque si yo era el motivo, ya no podía usar ese hecho en contra de mi pobre madre. Y cuando ya respiraba tranquila, el autobús me acababa de dejar en la última parada. Así que, me establecí aquí y con el tiempo, logré hacerme con un trabajo de florista que no es gran cosa pero que me ayuda a pagar las facturas y una casita con su jardín.

La gente del lugar es muy agradable y simpática. Es un lugar pequeño y todos se conocen para bien o para mal. Así que a diario, escucho los saludos de mis vecinos al entrar en la tienda de flores J & M casa y jardín de la calle Church Patersson, en la que trabajo de dependienta y alguno que otro se aventura a preguntarme por el fin de semana. Todo es de lo más apacible y tranquilo. Así ha transcurrido el tiempo hasta hace poco, entre los ramos de flores, las macetas, las plantas… y mi interés por la lectura.



Recuerdo que siempre he estado interesada en los cuentos y leyendas, seres irreales y fantásticos, los mitos, todo lo oculto y extraño, la luz y las sombras, la oscuridad… Me encantaban las historias de los antiguos caballeros, nobles y villanos, el bien y el mal… el misterio.

Me fascinaban los vampiros, su entorno, todo lo que hablaba de ellos y lo que se escribía. Leía todos los relatos que caían en mis manos y de una forma rara, me sentía cercana a ellos, ligada de alguna manera, no porque encontrara coincidencias, ni tampoco porque me imaginara en algunas situaciones narradas. Era algo extraño que me hacía querer conocer más de ellos y que al mismo tiempo me dejaba ver más de mí.

La mayoría de la gente me miraba extrañada al pasar; a otros les parecía simplemente diferente; algunos me veían como a una tía rara aunque no loca. Me conocían y siempre han sabido que en mi distante forma de ser, tengo buenos sentimientos para aquellos que me brindan su amistad. No dejo que se acerquen demasiado a mí, me protejo hasta del cariño, porque sé que hasta el mejor de los sentimientos puede herir.


Mi vida iba pasando ante mí y no me terminaba de encontrar a mi misma, aún no sabía quien era yo realmente. Algo dentro de mí pedía a gritos salir y no sabía lo que era, se revelaba más a medida que pasaba mi vida por delante de mis narices sin cambiar nada. Lo único que tenía en ese momento, eran mis pocas amistades y la lectura casi diaria de aquello que desde niña me gustaba.

Sólo cuando él llegó, supe realmente quien soy y como soy… él me despertó de un sueño, de un letargo que duró siglos y que yo hasta entonces desconocía. Su nombre es Patrick y sin saberlo, yo le esperaba… Así fue como me encontró.






Capitulo 2: El despertar.


Un sábado por la mañana, más concretamente, el primer sábado de noviembre de hace dos años, salí de casa a todo llover corriendo y me dirigí a una librería cercana. La librería Caliope de la calle Dycman. Era pequeña, de esas que llevan toda la vida y que aunque pasan los años no cambian. Para entrar, hay que bajar unas escaleras de piedra gastada y te da la sensación de estar entrando en un panteón bajo tierra lleno de libros y objetos antiguos, cargados de polvo en sus estantes rebosantes de ejemplares que no se han tocado en años y que parece no haber sido leídos en siglos, tan extraños que resulta imposible creer que nadie conozca su existencia. Los pasillos estaban iluminados por candelabros y velas gastadas de las que la cera quemada goteaba pausadamente iluminando a penas las telas de araña que colgaban en algunos rincones y en varios estantes.

Entré y saludé al dueño, el Sr. Strower. Un viejecito gruñón pero simpático de pelo canoso y mirada cansada tras sus redondas gafas de pasta, que siempre me sonreía y me reñía casi al mismo tiempo por no visitarle más a menudo. Siempre fue así de refunfuñón. Yo creo que era porque la gente ya no tenía tiempo que dedicarle a la lectura. El mundo de hoy gira con demasiada prisa y hay otras prioridades. Pero para el Sr. Strower no podía ser así. La vida había que tomársela con la misma calma con la que se lee un libro, porque sino, no se pude apreciar cada pequeño detalle, que por pequeño que sea, siempre tiene importancia.

Como siempre, fui caminando despacito entre las estanterías, sin saber lo que buscaba. Terminé parándome en la misma sección de los últimos meses. Todos los libros eran únicos y muy antiguos, gastados por el tiempo y la humedad, manchados y la gran mayoría algo rasgados. Guardaban mil historias misteriosas llenas de suspense seguramente, que esperaban ser leídos alguna vez y ser recreados en la mente de sus lectores. Pero nadie lo hacía, nadie volvió a abrirlos desde hacía años y allí solo estaba yo y mi curiosidad.


Mis dedos se deslizaban por los cantos de los libros al pasar por las estanterías, sentía la suavidad de sus encuadernaciones y se me pegaba a las yemas de los dedos el polvo que sostenían, como si me dejaran ver su historia antes de ser abiertos. Y de repente, mis dedos no se movieron… Estaba rozando un libro de tapas negras y rugosas, con letras doradas muy brillantes pero desgastadas que a penas se podían distinguir. Lo saqué del estante y al cogerlo con ambas manos, comencé a sentir frío levemente. Me senté en una silla baja y lo apoyé sobre mis rodillas. Limpié un poco la portada y pude leer “SENTIRE DEL VAMPHIR“y me sentí atraída.

Abrí el libro dejando pasar varias páginas mirando de reojo la escritura. Estaba hecha mayormente con símbolos que no conocía. Seguí pasando páginas con suavidad hasta que paré en una en concreto. También estaba escrita con símbolos que jamás había visto y que eran imposibles de descifrar para mí. Pestañeé sin pensarlo y como por arte de magia los símbolos se volvieron letras legibles que pude leer con torpeza. Conseguí leer PRONUNCIA MI NOMBRE E IRE A BUSCARTE MI AMOR”. No entendí cómo, pero a mi mente vino un nombre que se escapó de mis labios en voz alta “PATRICK”. Y en ese momento se levantó una brisa helada que apagó varias velas que alumbraban mi lectura. Un escalofrío me recorrió de arriba abajo cortándome la respiración, como si quisiera colarse en mi alma y me susurrara al oído, sintiendo su aliento en mi cuello y un abrazo alrededor de mi cintura. Cerré el libro de golpe sin dejarlo donde estaba, eché a correr hacia la salida y me escapé apresurada por la pequeña puerta a las escaleras que daban a la calle.

Mientras intentaba llegar a casa, no paraba de mirar tras de mi, temerosa de que alguien me pudiera perseguir sin entender el motivo. Casi no conseguía abrir la puerta para entrar. Ya en mi cuarto, más calmada, alejé de mi mente esos pensamientos y el miedo e intente serenarme y quedarme en blanco. Cerré los ojos y agudicé el oído que se centró en el tintineo de las gotas de lluvia de la ventana. Llovía insistentemente y eso me relajaba más. Cuando más tranquila estaba, volví a escuchar esa voz susurrante y penetrante. Abrí los ojos y allí estaba, a los pies de mi cama, en pie e inmóvil, mirándome fijamente y sonriéndome. Observaba cada uno de mis rasgos y salté de la cama asustada, quedándome arrinconada en una esquina entre la cama y la ventana. El quiso acercarse con la mano extendida y al verme asustada se paró en medio del cuarto casi a oscuras. En ese momento, tampoco conseguí verle bien, solo se dibujaba su silueta en la oscuridad. Distinguía la claridad de su rostro y su altura, el color rojizo de sus labios y el brillo de sus ojos, pero no su color. Su pelo era negro, casi como el mío y de su cuello colgaba una cadenita fina plateada, pero no alcancé a ver el colgante.


No conseguía pronunciar palabra, se me había escapado la voz huyendo de tanto miedo y él rompió el silencio:

-Celinne, me has llamado después de tanto tiempo y por fin te he encontrado. No me temas, nunca te haría daño.- dijo con esa voz suave y cariñosa.

Yo seguía sin poder hablar y no entendía nada. Así que Patrick siguió hablando.

- He esperado siglos por ti.

Al final pude decir algo, aunque solo fueran preguntas:

- ¿Quién eres? ¿Qué quieres? ¿Quién es Celinne?- dije medio tartamudeando.

- Tú eres Celinne.- contestó…. Y yo soy Patrick ¿es que no me recuerdas?

- Yo soy Shannya y no te conozco.- insistí…

-¿ Shannya? ¿Así te haces llamar? Yo sigo viendo en ti a la Celinne que conocí y he venido a por ti. Tú me has llamado, ¿recuerdas? Por fin te he encontrado y ya nadie nos volverá a separar, ven conmigo…


En ese momento sonó el teléfono y fui a contestar. Patrick asustado por el sonido extraño desapareció como si se esfumara, porque al volverme ya no estaba. Respiré aliviada y contesté a mi amiga Loren que era la que me llamaba. Otra vez llegaba tarde a la cita con mis amigas y estaba claro que ya no iba a acudir. Así que le pedí disculpas y colgué.

Todavía aturdida y confusa, a parte de seguir temblorosa y asustada, me dirigí a la cocina a prepararme algo caliente. No paraba de darle vueltas a lo sucedido y para distraerme decidí ver un poco la televisión. No me interesaba nada de los canales después de darle varias vueltas al zapping y puse una película para ver si se me pasaba el susto y me olvidaba de todo.

Me acurruqué en el sofá cubriéndome con una manta y me dispuse a ver la película que había elegido. No estaba mal pero poco a poco me sentí adormecida y como me había percatado de que había dejado de llover, me puse la manta por los hombros y me encaminé hacia la ventana del balcón, la abrí y salí fuera a respirar aire fresco. Olía a campo y tierra mojada, el ambiente había refrescado y se podían escuchar las últimas gotas de lluvia que caían de los árboles y arbustos del jardín. Miré hacia arriba y pude comprobar que el cielo se había despejado por completo y que había tantas estrellas en el cielo que se iluminaba todo lo que estaba al alcance de la vista. La luna era perfecta, redonda y grande, brillaba como nunca y parecía que su luz quería colarse por el ventanal de mi sala de estar.

Y volví a sentir su presencia. Estaba tras de mi, apoyando su barbilla en mi hombro y respirando al mismo tiempo que yo mientras contemplaba aquella preciosa luna y ese cielo estrellado. Lo curioso era que no estaba asustada como antes. Aun siendo de noche, cosa que podría hacer que mi miedo fuera mayor, no me sentía amenazada ni asustada. Estaba tranquila y a gusto. Como si aquel extraño fuera un conocido de toda la vida. Deslizó una mano por mi cintura para estrecharme y un ligero beso se escapó de sus labios llegando a mi mejilla. Me sentí envuelta en total tranquilidad y girando mi rostro busqué sus ojos para verle. Eran preciosos de un azul brillante e intenso y sus labios parecían tan suaves que me sentí perdida en ese instante por un momento. De repente volví en mí y me aparté… El se extrañó y me dijo:

-De verdad no me recuerdas y no crees lo que te digo. Pero tú eres mi compañera y lo entenderás en su momento. La respuesta está en tu interior y volverás a recordar. Encontrarás el significado de todas las dudas que durante mucho tiempo has tenido, pero hasta entonces, déjame que te ayude y no me apartes de tu lado.

- ¿Pero quien eres tu?- pregunté dudosa.

- Yo soy Patrick y en su día fui humano. Mi cuerpo murió y mi alma no quiso abandonarte. Pasé años a tu lado y un día, cuando te mirabas en un espejo te quedaste reflexiva y decidiste hablar conmigo seriamente sobre nuestro futuro, me pediste que te llevara conmigo a través de los tiempos. Pero tú tienes que descubrir el motivo y recordar lo que sucedió.

Se volvió a acercar a mi, puso su mano en mi barbilla mirándome de nuevo a los ojos repitiéndome que yo era Celinne y que lo entendería todo muy pronto.

Me acompañó al interior llevándome abrazada hasta mi cuarto y esperó a que me quedara dormida. Desperté antes de que amaneciera, pero ya era lunes, había dormido toda la noche y todo el día, aunque me pareciera haber descansado tan solo unas horas. Me quede sentada en la cama contemplando como salía el sol, mientras, pensaba en la noche anterior y estaba confusa, creyendo que todo había sido un sueño.

Después de espabilarme con una ducha y un café con tostadas, me vestí y me dirigí a mi trabajo diario. Atendí a mis clientes como siempre y me mantuve entretenida con mis quehaceres sin tener tiempo de pensar en otra cosa que lo que me traía entre manos. Paré para comer y fui al mismo lugar de siempre, pero esta vez, no tenía mucha hambre y me conformé con tomar algo fresco, tenía sed más que otra cosa y hacía calor a diferencia del día anterior.

La tarde pasó lenta y como a esas horas hay poca gente, terminé mis tareas florales en la tienda y saqué tiempo como cada día para leer un poco. En ese momento, recordé el libro negro de la librería y sentí curiosidad por comprobar, si lo que creí haber leído realmente estaba escrito o si fue solo mi imaginación. Como en dos horas nadie había entrado en la tienda, decidí tomarme un tiempo libre y me acerqué a la librería. Crucé las dos calles que me separaban del lugar y llegué a las escaleras, bajé abriendo la puerta y saludé como siempre al Sr. Strower, que se alegró mucho de verme tan pronto.

Volví a recorrer los pasillos buscando la estantería y el libro, pero no lo encontraba, incluso le pregunté al Sr. Strower, que no recordaba haber visto ese libro. Así que se me ocurrió repetir lo mismo que hice el día anterior, cerrar los ojos y dejarme llevar por el tacto de mis dedos. Y así fue, volví a pararme y tocar el libro. Estaba en el mismo lugar y si yo recordaba no haberlo dejado en el estante y el Sr. Strower, ni tan siquiera había visto el libro, ¿cómo es que estaba de nuevo ahí? En fin, me dejé de misterios y me dispuse a abrirlo. De nuevo me encontré con aquellos símbolos y todo el polvo de sus páginas. A penas se distinguían con tanto polvo y esa luz tan tenue de las velas, así que le pregunté al Sr. Strower si podía llevármelo unos días a casa para poder limpiarlo un poco y leerlo. El hombre muy amable no puso objeción y me dijo que lo tuviera el tiempo que quisiera, porque ya sabía que siempre le devolvía los ejemplares bien.

Volví a la tienda y terminé mi jornada. Dejé todo preparado para el día siguiente como siempre y me encaminé a casa. Cuando salía del pueblo y ya veía mi casa, volví a sentir aire fresco por mi espalda, como si se levantara del suelo y me abrazara acompañándome. No vivo lejos, así que crucé la verja y llegué a los dos escalones que llevan hasta la puerta de la entrada. Abrí y entré. Dejé mis cosas en el recibidor, solté las llaves y saqué el libro del bolso, lo abracé y me fui a la salita principal y me senté en el sofá con el libro. Una vez acomodada, lo abrí y cayó sobre mí un montón de ceniza, así que me volví a levantar y creí que sería mejor limpiarlo un poco en la cocina antes de volver a intentar abrirlo.

Lo puse sobre la mesa de la cocina y página por página, fui limpiándolo con un paño seco y de textura suave para no dañarlas. Eran muy antiguas y no quería que se rompieran. Parecía haber sido escrito hace cientos de años y con tinta roja, cosa que jamás había visto. Una vez hube terminado, aunque me llevo varias horas, volví a cogerlo y me lo llevé a la sala. Me senté de nuevo en el sofá, acomodándome con los pies encima del sofá y recostada en varios cojines. Apoyé el libro en mis piernas y abrí la primera página.






Capitulo 3: Celinne.


Era increíble, los escritos ya no me parecían gravados extraños, eran dibujos dorados que estaban bajo la escritura. Podía leerlo, aunque no entendía del todo aquellas palabras, pero me hacía una idea. Contaba la historia de dos chicos que se conocían desde niños y que siempre sintieron que se pertenecían mutuamente, que se querían tanto, que incluso a pesar de la oposición de sus padres, dos hombres poderosos enfrentados por la ambición, se veían a escondidas en los ratos que tenían y se escapaban para verse corriendo el peligro de ser descubiertos.

Se juraron amor eterno y prometieron esperar lo que hiciera falta para ser libres y escapar juntos. Querían casarse y tener hijos, pero sobre todo quererse y dedicarse en cuerpo y alma el uno al otro. Hasta que un día, el chico fue sorprendido por el padre de su amada y antes de que ella llegara a la cita como cada atardecer, lo atravesó el pecho con su espada y lo maldijo para toda la eternidad. Esa fue la última vez que vio el sol y cayendo casi muerto, la noche lo acogió en su manto y lo cubrió. Se le devolvió la vida, pero no la de un mortal. Se le otorgó la oportunidad de vivir en la noche, para cumplir la promesa que le hizo a su enamorada, quererla para siempre y estar con ella, a su lado, toda una eternidad. Lo malo era, que para mantener esa vida en la muerte, tendría que beber sangre humana. Era una oportunidad y aunque maldita, se abrazó a ella por el amor que guardaba en su corazón y dejándose morir como mortal, pronunció estas palabras “ESTARÉ A TU LADO POR SIEMPRE CELINNE, NUNCA TE ABANDONARÉ… Y SI ALGUNA VEZ ME SIENTES LEJOS DE TI, PRONUNCIA MI NOMBRE E IRÉ A BUSCARTE, MI AMOR “. Estas palabras se grabaron en el libro en el que ambos escribían su historia y las frases de amor que creaban para declararse el uno al otro.

Cuando el padre llegó ante su hija y le contó lo sucedido, Celinne lloró amargamente y deseo la misma suerte, pero aquella misma noche, Patrick entro por su ventana y la despertó, para borrar aquellos pensamientos de su mente y apartarle del dolor. Quiso hacerle saber que seguía con ella, que no la dejaría nunca y que ahora podrían verse cada noche sin miedo a que nadie les hiciera nada. Ella se alegró al verlo y al saber que estaba vivo, pero en ese momento no entendió de qué manera.

Patrick le explicó lo que le había pasado y el motivo por el que solo se verían de noche, estaba condenado a vivir entre las sombras, a moverse en la oscuridad y no podía ver la luz del día porque eso le causaría su muerte definitiva. Celinne lo aceptó, era otra muestra de su amor. Patrick le advirtió de su sed y le dijo que tenía miedo de hacerla daño, que si por eso debía de alejarse de ella lo haría, pero que nunca se iría lejos, solo lo suficiente para no dañarla. Ella lo amaba, lo quería tanto que pasado un tiempo, le dijo que no soportaba estar lejos de el, no poder sentir sus abrazos ni sus besos… Así que una noche después de haberse pasado casi todo el día frente al espejo, armándose de valor, se lo pidió. Le pidió ser como él y él se negó. No podía soportar la idea de arrebatarle la vida y condenarla a beber sangre humana para seguir existiendo. Aunque eso no detuvo a Celinne y se lo rogó, se lo imploró de rodillas. Lloraba desconsolada, quería sentirle, tocarle y abrazarle, porque hacía mucho tiempo que no lo hacía ya que él no se lo permitía. Y Patrick tenía miedo de que ella se diera cuenta de que su corazón no latía, de que su cuerpo estaba frío y de que tenía que alimentarse de otros para vivir. Así que le mostró al Patrick en el que se había convertido y Celinne aun estando asustada, se acercó a él y puso sus manos en su pecho, buscó en el interior de sus ropajes y sacó un colgante que Patrick guardaba. Mostrándoselo le dijo:

-Te prometí estar siempre contigo y tú me prometiste quererme siempre. Llevas este colgante con la sangre de los dos y la esperanza de una vida juntos. No me importa en lo que te has convertido, te quiero de igual manera y sigo deseando esa vida a tu lado. Si no es en esta vida, que sea en la tuya… pero llévame contigo, porque sino, prefiero no seguir viviendo.

Patrick deshecho en lágrimas la abrazó y la besó como hacía tiempo deseaba hacerlo y mirándola le dijo:

-Cumpliré mi promesa, pero que conste que yo no lo quise de esta manera. Te amo tanto, que no podría vivir sin ti, aunque viva en la muerte. Cierra los ojos y no temas, te llevaré conmigo como deseas. Te quiero Celinne.

Y tomándola en sus brazos besó su cuello y volvió a mirarla una vez más, para recordarla en esta vida que aún latía en ella. Bajó su mirada y guardando su rostro entre el cabello de Celinne, mordió con cariño en el beso marcado y bebió de ella. Recuperó la compostura y en cuanto la vio dolorida y llorosa, la dio de su sangre para no dejarla morir del todo y mostrarle el camino hacia la noche. Celinne despertó en una nueva vida y echada en la cama, espero a tener fuerzas para ponerse en pie. Caminó hacia la ventana y miró la noche maravillada, como nunca lo había hecho. Se giró buscando a su amado y le sonrió. Pero este le recordó, que esa oportunidad tenía el precio de otras vidas y que quererse y permanecer juntos, significaría la muerte de todos los seres queridos con el transcurso del tiempo. Tenía que hacerse a la idea y aceptarla.

Celinne le tranquilizó y le recordó que no quería a nadie como le amaba a él y que estuviera tranquilo, porque ya nada tenía que perder.


Pasó el tiempo y ambos siguieron despertando cada noche para encontrarse y disfrutar de cada segundo. Hasta que el padre de Celinne, comenzó a notar que su hija no salía de los lugares oscuros, que evitaba la claridad, que solo accedía a salir de la casa cuando caía el sol y eso, le extrañó tanto que quiso saber qué era lo que estaba pasando.

Mandó que la siguieran para averiguarlo y parte de su guardia se ocupó de ese menester. Una mañana, volvió uno de sus hombres mal herido y le contó que habían sido atacados para que el secreto no se supiera, pero que él había podido llegar a duras penas para contarlo. Así lo supo el señor de la casa y se dispuso a poner fin al asunto que retenía a su hija en manos del hijo de su enemigo, el cual creyó muerto durante algún tiempo.

Esperó el anochecer y siguió a su hija. Quería comprobar con sus propios ojos que era cierto y estaba decidido a evitar que ambos se vieran y estuvieran juntos. Dispuesto incluso a sacrificar lo más preciado para el, que en realidad, era por egoísmo puro y orgullo.

Cuando la pareja estaba sonriéndose y declarándose su amor y felicidad como tantas otras veces, entre la espesura de los arbustos que rodeaban un arroyo, fueron sorprendidos por el padre de Celinne y este le gritó a Patrick muy enojado y embravecido:

-Prefiero verla muerta, no me importa si en esta o en mil vidas, pero lo suficiente para que tu no la tengas. ¿Como iba a dejar que el hijo de mi enemigo se despose con mi hija? No me arrodillaré ni flaquearé, no lo haría ante ti o tu padre, aunque a pesar de ello, Celinne tenga que exhalar su último aliento. Por encima de mi cadáver Patrick, no lo permitiré!!

Y terminando de decir esto, desenvainó su espada y atravesó a su hija el corazón. Celinne clavó su mirada en Patrick y solo acertó a pronunciar su nombre mientras su padre sacaba la espada de sus entrañas y la cortaba el cuello. Y en el aire se escuchó “LLEVAME CONTIGO MI AMOR”.

Patrick montó en cólera en ese instante y arremetió contra el padre de Celinne hasta terminar con el y despedazarlo. Juró vengarse, arrasó toda la comarca bebiéndose la sangre de todos los hombres y mujeres que le servían, sin descansar hasta asolar el lugar. De la misma manera juró encontrar de nuevo a Celinne, viajó a través del tiempo, vio pasar los años, las décadas, esperando volver a verla entre la gente, pues su alma nunca moriría y su amor por ella tampoco. Guardó sus cenizas entre las páginas del libro que ambos estuvieron escribiendo con su sangre y lo llevó consigo donde iba. Cerraba los ojos y la recordaba tal y como era, su imagen bailaba por las estancias y los pasillos de su oscura casa. Escuchaba su voz que le hablaba incluso despierto y cada noche, se quedaba mirando la luna que tanto la fascinaba y las estrellas a las que veía como los besos que su amado Patrick le brindaba en cada momento. La llevaba consigo siempre, pero la necesitaba más que nunca.

Quiso encontrarla en otras mujeres sin suerte alguna, cuando se daba cuenta de que solo era un espejismo en sus rostros, bebía su sangre y seguía su camino en busca de su querida Celinne. Y el colgante que ella le regaló no se descolgó nunca de su cuello.

Una noche ya agotado, decidió descansar y su sueño duró tanto tiempo, que las gentes olvidaron su existencia, dejando de temer hasta tal punto, que el hogar que había conocido desapareció y el tiempo hizo su trabajo, construyendo en su lugar un mundo nuevo totalmente distinto al que él había conocido. Ignoraba todos los cambios y algo le despertó una mañana de noviembre lluviosa, esperando hasta el caer del sol para comprobar el motivo.




Entonces me di cuenta de que yo le había despertado abriendo ese libro. Posiblemente, la librería era el único lugar que quedaba de su hogar, de lo que el había conocido y yo, no había hecho otra cosa que colarme en su mundo y alterar su sueño. Pero eso no era todo, en una de las páginas del libro, encontré el rostro de una mujer pintado, que por las descripciones parecía ser Celinne. Lo contemplé durante un momento y corrí al primer espejo que encontré para mirarme. Era cierto, nos parecíamos, sorprendentemente era así. El mismo pelo, el mismo tono de piel… pero, no quería creerlo, no podía, era imposible, seguro que era producto de mi imaginación, que todo eran cuentos y leyendas, que solo lo había soñado… ¿pero como? Si hasta ese momento no había leído nada del ese libro y Patrick ya había llegado a mi cuarto hacía a penas dos días…

Volví a mirar el rostro de Celinne y me fijé en sus ojos… También eran iguales. Y su boca y la peca del cuello… ¿como podía ser? Estaba muy confusa y comencé a sentir un terrible dolor de cabeza. Así que cerré el libro y cogiéndolo otra vez entre los brazos, subí las escaleras y entre en mi habitación para descansar un rato.

Dormida podía ver lo relatado en aquel libro como si fuera real, tan real que sentía lo que había pasado hace cientos de años como si se tratara de mi propia piel. El dolor de Celinne por no poder estar con Patrick se apoderaba de mí ser y lo sentía en lo más profundo de mi alma, que volvía a revelarse queriendo salir fuera de mí, como si tuviera algo que gritar para liberarse. Esa oposición de su padre que la obligaba a obedecer a pesar de lo que sentía. Algo en mi interior estaba a punto de estallar.

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