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viernes, 28 de mayo de 2010

OJOS DE ESMERALDA


http://www.lulu.com/browse/search.php?fListingClass=0&fSearch=ojos+de+esmeralda


Mina solo tenía dieciocho años cuando se quedó embarazada de su hija. Fruto de un amor pasajero en el que ella había puesto todo su corazón y su dedicación, que desapareció como una estrella fugaz en el cielo, cuando George le comunicó que tenía que marcharse a una universidad fuera del estado. Ella le imploró que se quedara y que estudiara en alguna facultad cercana, pero los padres de George tomaban las decisiones por él y el muchacho no tuvo otra opción que obedecer.


La joven a su corta edad, huérfana de padres y viviendo con unos tíos que la cargaban con todas las tareas del hogar y el cuidado de sus primos, que aún eran prácticamente unos bebés, tenía por delante un futuro ya no incierto, sino negro como el mismo carbón que su tío quemaba en las barbacoas que tanto le gustaba preparar para amigos y vecinos.

Le comunicó la noticia a George que no tardó en comportarse como un canalla al dudar de que la criatura fuera suya. Como si la pobre Mina hubiera mantenido relaciones por ahí con más chicos que con él. Se dio cuenta entonces, de que él no la quería a penas al dudar y que solamente había sido una estación de paso. Y sumida en su profundo llanto, agachó la cabeza y no volvió a mirarle a la cara. Sola y asustada, sin poder contar nada en su casa por miedo a una buena reprimenda, a castigos y quizás algún maltrato físico, calló mientras su vientre no dejaba notar su estado. Tomo entonces la decisión de marcharse sin decir nada, desaparecer y viajar lejos, donde tuviera la oportunidad de empezar de nuevo y poder tener a su bebé. Pero, ¿dónde iba a ir ella? ¿Y cómo saldría adelante sola? Si tenía a su bebé, no podría ir a trabajar para alimentarlo y tener un sitio donde vivir. Y no había nadie que le pudiera ayudar y a quien confiarle el secreto.

De todas formas, armándose de un valor que desconocía, tomó sus pocas pertenencias en una maleta vieja y gastada. Salió de madrugada con apenas unos dólares que había conseguido ahorrar y sin rumbo. Se vio sentada en una estación esperando un tren para cualquier lugar y sin más, entre el barullo de los viajeros que vienen y van, desapareció para no volver. Quería imaginar que su viaje, su futuro, tendrían un montón de cosas buenas y un porvenir en el que nada le faltaría. Nada más lejos de la realidad. La vida la trataría más duro que nunca, más de lo que hasta ese momento había llegado a conocer.

Llegó a Seattle una tarde de abril lluviosa. Plantó sus pies en tierra al bajar de aquel tren y desde ese instante, su vida se empezó a torcer.

Le robaron el bolso antes de poder llegar a salir de la enorme estación, la dejaron sin un solo centavo para poder llevarse un pedazo de pan a la boca. En comisaría no la hicieron gran caso y le comentaron que si aparecía su bolso, la cartera o cualquier efecto personal se lo harían saber. Tuvo que pasar la noche a la intemperie y se vio obligada a mendigar para poder comer. Intentó durante los días siguientes encontrar cualquier trabajo, pero no hubo suerte. Se refugiaba por las noches en los albergues y durante el día pedía por las calles. Su suerte cambió cuando una señora a la puerta de una iglesia la vio en su estado y sintiendo pena, la llevó a su casa para que comiera y se aseara. Luego, la recomendó a unos conocidos para trabajar en una pequeña tienda de comestibles y las cosas mejoraron un poco.

Vivió con aquella mujer hasta unos meses después de tener a su preciosa niña. Después, los hijos de la señora empezaron a pelearse por la casa y el resto de la herencia, quedando Mina de nuevo en la calle y desamparada. Intentó llevar su vida lo mejor posible, pero su trabajo no daba lo suficiente para mantenerlas a las dos y pagar un alquiler. Aguantó todo lo que pudo, incluso se quitaba el pan para que a su hija no le faltara, pero las fuerzas le flaqueaban y no podía más. Acudió a instituciones de ayuda para madres solteras y las listas eran tan largas que nunca encontraba una puerta que no se la cerrara de golpe. Desesperada, con su niña en los brazos, cansada de luchar y de clamar ayuda al cielo, una tarde se encontró en un banco de una iglesia, extenuada y casi desmayada. Al recobrar un poco el sentido, sin darse cuenta, dejó a su hija en el banco en el que estaba sentada y se levantó caminando como un moribundo hacia la salida.

Se marchó. Se fue llorando impotente por no conseguir darle a su hija lo que necesitaba, por no poder tener la vida que le habría gustado llevar con su pequeña. Pasó horas andando sonámbula por las calles y cuando se dio cuenta de lo que había hecho, volvió para recuperar a su niña y ya no estaba.

El dolor se apoderó de todo su cuerpo, de todo su ser. Deseó morir por haber hecho aquella atrocidad y nunca se perdonaría haber dejado a su hija.

Encontraron a Mina tres semanas más tarde entre unos contenedores de basura, tirada en el suelo, violada y despojada de sus ropas. La habían golpeado hasta después de su último aliento y sin ningún remordimiento.

Ahora su pequeña estaba sola en el mismo mundo cruel que ella había dejado.


ESTE ES UN FRAGMENTO DEL LIBRO Ojos de esmeralda de la autora Marina Narciso Gonzalez.







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